sábado, 19 de septiembre de 2015

CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS DEL PERÚ CON OCASIÓN DE LA BEATIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES MÁRTIRES MIGUEL, ZBIGNIEW Y ALESSANDRO

MÁRTIRES DE LA FE Y LA CARIDAD: TESTIGOS DE LA ESPERANZA

Carta Pastoral de los Obispos del Perú con ocasión de la beatificación de los sacerdotes mártires Miguel, Zbigniew y Alessandro

I. Perú, tierra de santos y mártires

1. Dios ha querido suscitar en nuestra querida tierra del Perú signos de santidad y martirio. Cristianos que han testimoniado con su vida el amor y la caridad edificando las ciudades y pueblos del Perú, y sobre todo construyendo comunidad con el ejemplo y la atracción de su vida evangélica, hecha de mansedumbre, pobreza, caridad y perdón.

No podemos dejar de recordar lo que la beata Teresa de Calcuta exclamó cuando pisó suelo peruano: «Estoy pisando tierra de Santos». Cómo no pensar en la primera flor de santidad de América, santa Rosa de Lima, en el insigne pastor, santo Toribio de Mogrovejo y en el humilde servidor, san Martín de Porres. Recordamos también con gratitud a san Francisco Solano, san Juan Macías y la beata Ana de Los Ángeles Monteagudo, testigos de la caridad y la esperanza cristiana.

Hoy crece la familia santa con los beatos Miguel, Zbigniew y Alessandro, sacerdotes mártires de la fe y la caridad, que emergen como testigos de la esperanza, y cuyo celo pastoral los llevó a testimoniar con su sangre el amor a Cristo y a los hermanos.

Estos sacerdotes misioneros vivieron con fe heroica y con auténtico espíritu cristiano.

Personas pacientes y generosas preocupadas del bien espiritual de los fieles, a quienes alimentaron con el pan espiritual y la formación para la vida. Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores[1].

Como reconoció el Episcopado Latinoamericano y del Caribe: «Nuestras comunidades llevan el sello de los apóstoles y, además, reconocen el testimonio cristiano de tantos hombres y mujeres que esparcieron en nuestra geografía las semillas del Evangelio, viviendo valientemente su fe, incluso derramando su sangre como mártires. Su ejemplo de vida y santidad constituye un regalo precioso para el camino creyente de los latinoamericanos y, a la vez, un estímulo para imitar sus virtudes en las nuevas expresiones culturales de la historia. Con la pasión de su amor a Jesucristo, han sido miembros activos y misioneros en su comunidad eclesial. Con valentía, han perseverado en la promoción de los derechos de las personas, fueron agudos en el discernimiento crítico de la realidad a la luz de la enseñanza social de la Iglesia y creíbles por el testimonio coherente de sus vidas. Los cristianos de hoy recogemos su herencia y nos sentimos llamados a continuar con renovado ardor apostólico y misionero el estilo evangélico de vida que nos han trasmitido»[2].

América Latina ha sido, durante las últimas décadas del siglo XX, tierra de mártires. Por la gracia de Dios, ahora el Perú también se suma a la historia eclesial de martirio y persecución, que arranca desde los primeros discípulos y sigue abierta en nuestros días en todos los rincones del mundo. Habiendo finalizado el proceso pertinente, los sacerdotes misioneros Miguel Tomaszek, Zbigniew Strzalkowski y Alessandro Dordi se convertirán en los primeros beatos mártires del Perú, incorporando a nuestra patria al martirologio de la Iglesia católica.

¡Qué regalo para el Perú contemplar, junto a los mártires de todos los tiempos, a tres sacerdotes que han pasado anunciando el Evangelio de Jesucristo por nuestra tierra! ¡Cómo no agradecer a Dios y a nuestras Iglesias hermanas de Italia y Polonia el envío de sus hijos como mensajeros de la Buena Nueva a nuestra tierra!

2. Los sacerdotes Mártires Miguel, Zbigniew y Alessandro vivieron plenamente la espiritualidad sacerdotal e hicieron de ella un tesoro durante su permanencia en la Diócesis de Chimbote. Como sacerdotes su tarea fue sobre todo espiritual y pastoral.

En sus parroquias asistieron espiritualmente y ayudaron a promocionar a la persona humana. Rezaban con la gente el santo Rosario. La humildad era la virtud que con más intensidad se proponía a los hermanos, además de la oración, el rezo y la conversión.

Con razón, el Santo Padre Benedicto XVI define a los mártires como «coherentes anunciadores del Evangelio, celosos pastores al servicio de la grey encomendada, valientes defensores de la Iglesia».

Hoy todos somos invitados desde el ejemplo de estos primeros mártires del Perú –Obispos, sacerdotes y fieles– a ser testigos creíbles del Evangelio en el mundo contemporáneo con nuestras palabras, buenas obras y con la coherencia del ejemplo. Elevemos nuestra mirada hacia Jesús, dador de toda gracia, y hacia la corona gloriosa de sus santos, benefactores de la humanidad de ayer, hoy y mañana.

Celebramos la beatificación de estos mártires, hermanos nuestros en la fe, que dieron su vida por amor a Jesucristo durante el tiempo de la subversión terrorista de los años ochenta y noventa del pasado siglo. La Iglesia reconoce ahora solemnemente a estos tres sacerdotes como mártires de la fe y la caridad, testigos de la esperanza que nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión.

Es un acontecimiento extraordinario, un evento de gracia, que llena de júbilo a la comunidad cristiana. Hoy recordamos con gratitud su sacrificio, como la manifestación concreta de la civilización del amor predicada por Jesús: «Ahora se cumple la salvación, la fuerza y el reino de nuestro Dios y la potencia de su Cristo» (Ap 12,10). Los mártires han permanecido fieles al mandato de Cristo: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Quien quiera salvar la propia vida, la perderá, pero quien pierda la propia vida por mí, la salvará» (Lc 9,23-24). Sepultados con Cristo en la muerte, con Él viven por la fe en la fuerza de Dios (cf. Col 2,12).

II. El martirio de Cristo

3. En las Actas martyrum, Jesús es representado como el prototipo del mártir[3]. Los mártires cristianos se consideraban como seguidores del mártir Jesucristo, como Policarpo, a quien se llama «socius Christi»[4]. La perspectiva del martirio emerge en el momento en que el mensaje y la práctica de Jesús comienza a provocar una crisis en los diferentes estamentos del judaísmo; de ahí provienen las incomprensiones, difamaciones, amenazas de muerte. Jesús no fue a la muerte ingenuamente. Asume con coraje los riesgos; no hace concesiones a su situación de perseguido; guarda una fidelidad radical a su mensaje, al Padre y a la trayectoria que había elegido; no elude a sus adversarios; en el auge de la crisis de Galilea, «se dirigió resueltamente a Jerusalén» (Lc 9,51) para el enfrentamiento final.

4. Al igual que Cristo, los Apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor valor ante el pueblo y las autoridades, «la Palabra de Dios con confianza» (Act 4,31). Defendían con toda fidelidad que el Evangelio era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree. Despreciando todas «las armas de la carne», y siguiendo el ejemplo de mansedumbre y modestia de Cristo, predicaron la Palabra de Dios, confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los Apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: «No hay autoridad que no venga de Dios», enseña el apóstol Pablo. Por eso, manda: «Toda persona esté sometida a las potestades superiores..., quien resiste a la autoridad, resiste al orden establecido por Dios» (Rom 13,12). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público, cuando este se oponía a la santa voluntad de Dios: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act 5,29)[5]. Este camino siguieron los sacerdotes Miguel, Zbigniew y Alessandro mártires y fieles en el cumplimiento del ministerio sacerdotal.

El testimonio martirial se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para percibir con lucidez las dificultades y vencerlas. Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, que manifiesta su fecundidad imbuyendo toda la vida de los creyentes –incluso la profana– e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado[6].

5. El Concilio Vaticano[7] nos recuerda que la Iglesia de los peregrinos desde los primeros tiempos del cristianismo tuvo perfecto conocimiento de la comunión de todo el Cuerpo Místico de Jesucristo. Siempre creyó la Iglesia que los apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado un supremo testimonio de fe y de amor con el derramamiento de su sangre, nos están íntimamente unidos; a ellos, junto con la Bienaventurada Virgen María y los santos ángeles, profesó peculiar veneración e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión.

Al mirar la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la Ciudad futura (cf. Hb 13,14-11,10), y al mismo tiempo aprendemos cuál es al camino seguro, que nos conduce –conforme al propio estado y condición de cada uno– a la perfecta unión con Cristo.

Dios manifiesta a los hombres en forma viva su presencia y su rostro, en la vida de aquellos hombres como nosotros, que con mayor perfección se transforman en la imagen de Cristo (2Cor 3,18). En ellos, Él mismo nos habla y nos ofrece su signo del Reino hacia el cual somos atraídos, con tan grande nube de testigos que nos cubre (Hb 12,1) y con un testimonio tan claro de la verdad del Evangelio.

Y no sólo veneramos la memoria de los santos del cielo por el ejemplo que nos dan, sino también para que la unión de la Iglesia en el Espíritu sea corroborada por el ejercicio de la caridad fraterna (Ef 4,1-6). Porque, así como la comunión cristiana entre los viadores nos conduce más cerca de Cristo, así el consorcio con los santos nos une con Cristo, de quien dimana como de Fuente y Cabeza toda la gracia y la vida del mismo Pueblo de Dios.

En verdad, todo genuino testimonio de amor ofrecido por nosotros a los bienaventurados, por su misma naturaleza, se dirige y termina en Cristo, que es la «corona de todos los santos», y por Él a Dios, que es admirable y glorificado en sus santos.

Nuestra unión con la Iglesia celestial se realiza en forma nobilísima, especialmente cuando en la sagrada liturgia celebramos juntos, con fraterna alegría, la alabanza de la Divina Majestad, y todos los redimidos por la Sangre de Cristo de toda tribu, lengua, pueblo y nación (Ap 5,9), congregados en una misma Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza al Dios Uno y Trino.

Al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celestial en una misma comunión, «venerando la memoria, en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, del bienaventurado José y de los bienaventurados Apóstoles, mártires y santos todos».

6. En el Catecismo de la Iglesia Católica se enseña que «el martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad.

Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza»[8].

El seguimiento de Jesucristo implica dar testimonio del Evangelio, renunciando a uno mismo, cargando con la cruz de cada día hasta el don la propia vida (Mt 16,24). El Papa Francisco nos recuerda que «la historia de la Iglesia, la verdadera historia de la Iglesia, es la historia de los santos y de los mártires… Hoy la Iglesia es la Iglesia de los mártires: ellos sufren, ellos dan la vida y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio»[9].

Ser mártir, por tanto, es un don de Dios y una respuesta de amor generoso por parte de los que reciben esa gracia. Ser mártir es cumplir fiel y radicalmente el mandamiento del Amor hasta el extremo, porque «no hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). Por eso, ser mártir es una bienaventuranza, es una dicha, es una beatificación: ¡Dichosos, beatos, bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia! (Mt 5,10).

Además, la Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los mártires y de los demás santos, que llegados a la perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado la salvación eterna, cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros. Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos[10].

III. Los mártires, valientes testigos de fe

7. El Papa emérito Benedicto XVI nos recuerda que «es decisivo volver a recorrer la historia de la fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado». Nos dice que los mártires, después de María y los Apóstoles –en su mayoría, también mártires– son ejemplos señeros de santidad, es decir, de la unión con Cristo por la fe y el amor a la que todos estamos llamados[11].

El Concilio Ecuménico Vaticano II nos exhorta a todos a la santidad, nos presenta el modelo de los mártires: «Jesús, el Hijo de Dios, mostró su amor entregando su vida por nosotros. Por eso, nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus hermanos (1 Jn 3,16 y Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados y serán llamados siempre a dar este supremo testimonio de amor delante de todos, especialmente, de los perseguidores. En el martirio el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo, y se configura con Él derramando también su sangre. Por eso, la Iglesia estima siempre el martirio como un don eximio y como la suprema prueba de amor. Es un don concedido a pocos, pero todos deben estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirlo en el camino de la Cruz en medio de las persecuciones, que nunca le faltan a la Iglesia»[12].

Además de modélicos confesores de la fe, los mártires son también intercesores principales en el Cuerpo místico de Cristo: «La Iglesia siempre ha creído que los Apóstoles y los mártires, que han dado con su sangre el supremo testimonio de fe y de amor, están más íntimamente unidos a nosotros en Cristo [que otros hermanos que viven ya en la Gloria]. Por eso, los venera con especial afecto, junto con la bienaventurada Virgen María y los santos ángeles, e implora piadosamente la ayuda de su intercesión»[13].

El Papa Francisco nos dice que «El estado de persecución es normal en la existencia cristiana, sólo que se viva con la humildad del servidor inútil y lejano de todo deseo de apropiación que lo lleve al victimismo (...) Esteban no muere solamente por Cristo, muere como él, con él, y esta participación en el misterio mismo de la pasión de Jesucristo es la base de la fe del mártir»[14].

Al celebrar la gozosa beatificación de los mártires de Chimbote y contemplar su testimonio de vida y su martirio, confiamos en que han de surgir nuevas semillas de esperanza y reconciliación. Nuestros beatos entregaron consciente y voluntariamente sus vidas por amor a Dios y a su pueblo. A ejemplo del Buen Pastor, fueron conscientes del peligro y las amenazas, pero no huyeron ni abandonaron a su rebaño. Además, asumieron la muerte, firmes en la esperanza de la vida eterna anunciada por Jesucristo, Señor de la Vida. La promesa de Jesucristo es más fuerte que cualquier amenaza del terrorismo. «Si con Él morimos, viviremos con Él» (Rom 6,8).

Quienes murieron asesinados por odio a la fe nos muestran el camino del perdón y la misericordia, de la reconciliación y de la paz, como la mejor vía para la esperanza. Ellos amaron a Dios y a su pueblo, poniéndose al servicio de los más necesitados, compartiendo el pan y anunciando el Evangelio, saciando el hambre de Dios.

Los mártires son semilla de nuevos cristianos. Su sangre derramada no fue inútil ni puede quedar en el olvido. La beatificación de los sacerdotes, que entregaron su vida por amor a la fe, florecerá con la gracia de Dios en nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada en nuestras jurisdicciones eclesiásticas.

Asimismo, con el Episcopado de Latinoamérica y del Caribe, «nos comprometemos a trabajar para que nuestra Iglesia Latinoamericana y Caribeña siga siendo, con mayor ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio»[15]. El testimonio de los mártires de Chimbote nos convoca a dar la vida dando vida a nuestros pueblos, especialmente a quienes sufren y están más necesitados de pan y de paz.

IV. Los Mártires Michel Tomaszek, Zbigniew Strzalkowski y Alessandro Dordi


8. La vida y el martirio de estos hermanos sacerdotes, modelos e intercesores nuestros, presentan rasgos comunes. Son verdaderos creyentes que, previamente al martirio, profesaban una sólida fe y un espíritu de oración, particularmente centrados en la eucaristía y en la devoción a la Virgen. Celebraban con devoción y celo la misa, incluso cuando suponía un grave peligro para ellos. Mostraron de un modo muy notable, aquella firmeza en la fe de los cristianos de Colosas, que tanto alegraba a san Pablo (Col 2,5). Los mártires no se dejaron engañar «con teorías e ideologías, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo» (Col 2,8). Por el contrario, fueron cristianos de fe madura, sólida, firme, como expresión de su identidad sacerdotal y cristiana.

Nuestros mártires fueron también valientes, como aquellos primeros testigos, que «predicaban con valentía la Palabra de Dios» (Hch 4,31) y «no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la voluntad de Dios: 'Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres' (Hch 5,29). Es el camino que siguieron innumerables mártires y fieles en todo tiempo y lugar»[16]. Así, estos hermanos nuestros tampoco se dejaron intimidar por coacción ninguna, ni moral ni física. Fueron fuertes cuando eran vejados y maltratados. Eran personas sencillas, y en ellos se cumplió la promesa del Señor a quienes le confiesen delante de los hombres: «No tengáis miedo... A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,31-32).  «Nos alienta el testimonio de tantos misioneros y mártires de ayer y de hoy en nuestros pueblos que han llegado a compartir la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida»[17]. Como nos advierte el Papa Francisco: «Hoy hay muchos mártires en la Iglesia, muchos cristianos perseguidos. Pensemos en Oriente Medio, cristianos que deben huir de las persecuciones, cristianos asesinados por los perseguidores.

También los cristianos expulsados de forma elegante, con guante blanco: también esa es una forma de persecución. Hoy hay muchos testimonios, más mártires en la Iglesia que en los primeros siglos»[18]. Lejos de ser una realidad del pasado, el martirio es un desafío para la Iglesia actual. Hoy también en en nuestro país estamos llamados a dar testimonio del Evangelio hasta la entrega de la vida. Por eso, es importante conocer la vida y el testimonio de quienes serán los primeros mártires del Perú. ¿Quiénes fueron Miguel, Zbigniew y Sandro?

9. En agosto de 1991, miembros de Sendero Luminoso asesinaron a balazos a los sacerdotes Miguel Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski en el poblado de Pariacoto, Ancash. Dos semanas después, el 25 de agosto, asesinaron a padre Alessandro Dordi, cuando regresaba a su casa después de oficiar la misa en Vinzos, departamento de Ancash.

El padre Miguel Tomaszek, ofm conv, nació el 23 de septiembre de 1960 en Lekawica, Zywiec (Polonia). Ingresó al noviciado en 1980 en Smardzewice y realizó los estudios de filosofía y teología en el Seminario Mayor de los Franciscanos Conventuales en Cracovia. Profesó sus votos solemnes el 8 de diciembre de 1984 y recibió la ordenación sacerdotal el 23 de mayo de 1987. Tras dos años como vicario en la parroquia de Piensk, el 24 de julio de 1989 fue enviado como misionero a la diócesis de Chimbote, incorporándose a la recién fundada misión franciscana de Pariacoto. El amor y la preocupación por los niños fue su principal virtud pastoral. Murió martirizado el 9 de agosto de 1991 en las afueras de Pariacoto, cuando tenía 31 años.

El padre Zbigniew Strzalkowsky, ofm conv, nació el 3 de julio de 1958 en Tarnów (Polonia) donde estudió en la Escuela Superior Técnica. Trabajó como mecánico en el parque industrial de Tarnowiec. En 1979 comenzó el noviciado en Smardzewice y, al año siguiente, hizo su primera profesión religiosa. Realizó sus estudios de filosofía y teología en el Seminario Mayor de los Franciscanos Conventuales en Cracovia. Fue ordenado sacerdote el 7 de junio de 1986 en Wroclaw, y enviado como formador al Seminario Menor en Legnica. A los dos años, el 28 de noviembre de 1988, llegó a Perú como misionero a Moro y luego a la Parroquia Señor de Mayo de Pariacoto. Allí trabajó con los campesinos y acompañó especialmente a los ancianos y enfermos, quienes lo llamaban “nuestro padre doctorcito”. Ante las múltiples amenazas recibidas, manifestó: «Si muero que me entierren en Pariacoto». Y así sucedió. El 9 de agosto de 1991 fue martirizado junto al padre Miguel Tomaszek, cuando tenía 33 años.

El padre Alessandro Dordi nació el 22 de enero de 1931 en Bérgamo (Italia). Sacerdote italiano de la Comunidad Misionera Paradiso, fue enviado a la parroquia Señor Crucificado de Santa, donde estuvo once años. Desarrolló una intensa labor evangelizadora, formando catequistas y líderes del campo. Formó centros comunales y acompañó a jóvenes y campesinos. Frente a su casa pintaron: «El Perú será tu tumba». A pesar de las amenazas, se quedó en Santa. «No puedo abandonar a mi pueblo. El pastor da la vida por sus ovejas», le dijo a Mons. Bambarén al invitarle a salir de Santa porque temía por su vida. Fue martirizado el 25 de agosto de 1991.

El sacrificio de los tres misioneros contribuyó a que la población tomara conciencia de la importancia de un testimonio cristiano hasta la muerte; en los funerales quedo claro el afecto que los fieles tenían por ellos y ayudó a seguir el camino emprendido de la solidaridad y la reconciliación.

En la mentalidad de los subversivos, la Iglesia fue considerada como el «opio del pueblo». Aceptaron las expresiones de religiosidad popular, que consideraban inocuas, ya que la gente respetaba sus tradiciones y procesiones sin tomar en cuenta los cambios políticos que acontecían. Sin embargo, cuando la Iglesia empezó a hablar de justicia, de verdad y de perdón, la organización subversiva acusó a los misioneros de estar al servicio del imperialismo, porque distribuían las ayudas que les enviaba Cáritas. Y mientras la Iglesia reforzaba sus lazos con los pobres en el ejercicio de la caridad, Sendero veía que se frenaba en el pueblo el impacto de sus esfuerzos para desencadenar una sublevación violenta.

V. Tiempo de gracia, gratitud y compromiso

10. El 3 de febrero de 2015, tras un minucioso proceso de recolección de testimonios y el estudio de la causa de beatificación que ha durado 24 años, la sesión ordinaria de Cardenales y Obispos, votó favorablemente por el reconocimiento de los Siervos de Dios Miguel Tomaszek, Zbigniew Strzalkowski y Alessandro Dordi. De este modo, el Papa Francisco autorizó declarar mártires a los sacerdotes asesinados en 1991 «por odio a la fe». Ellos serán los primeros mártires del Perú.

Como pastores de la Iglesia en el Perú, damos gracias a Dios por haberles otorgado
la palma del martirio, siendo reconocidos como beatos y convirtiéndose en modelos de vida cristiana e intercesores del Pueblo de Dios.

11. La beatificación de los tres sacerdotes mártires es una ocasión de gracia, de bendición y de paz para la Iglesia y también para la sociedad. Vemos a los mártires como modelos de fe, de amor y de perdón. Son nuestros intercesores, para que pastores, religiosos y fieles laicos recibamos la luz y la fortaleza necesarias para vivir y anunciar con valentía y humildad el misterio del Evangelio (cf. Ef 6,19), en el que se revela el designio divino de misericordia y de salvación, así como la verdad de la fraternidad entre los hombres. Ellos nos animarán a ser creativos en el anuncio del Evangelio y valientes en profesar con integridad la fe de Cristo.

Los mártires murieron perdonando, aún en la agonía de su muerte inminente brotaron de sus labios palabras de perdón porque amaban la vida y eran testigos del perdón.

Por eso, son mártires de Cristo, que en la Cruz perdonó a sus perseguidores. Celebrando su memoria y acogiéndose a su intercesión, la Iglesia desea ser sembradora de paz y reconciliación en una sociedad azotada por la crisis moral, social y económica, en la que crecen las tensiones y los enfrentamientos. Los mártires invitan a la conversión, es decir, «a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien común y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata»[19]. No hay mayor libertad espiritual que la de quien perdona a los que le quitan la vida. Es una libertad que brota de la esperanza de la Gloria. «Quien espera la vida eterna, porque ya goza de ella por adelantado en la fe y los sacramentos, nunca se cansa de volver a empezar en los caminos de la propia historia»[20].

Los mártires nos dejan un mensaje que nos invita a perdonar. El Papa Francisco recientemente nos ha recordado que «el gozo de Dios es perdonar. Aquí está todo el Evangelio, todo el Cristianismo. No es sentimiento, no es «buenismo». Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del «cáncer » que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor colma los vacíos, la vorágine negativa que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y este es el gozo de Dios»[21].

La Iglesia los declara beatos mártires y los honra con culto público, para que su intercesión obtenga del Señor gracias espirituales y temporales en el Perú. La Iglesia, además de experta en humanidad, es la casa del perdón, no busca culpables. Quiere glorificar a estos testigos heroicos del evangelio, porque merecen nuestra admiración e invita a imitarlos.

La celebración de la beatificación es un grito al mundo, diciéndole que la humanidad necesita paz y fraternidad. Que solo necesita libertad para alabar a Dios y celebrar su fe. Los mártires con su entrega generosa se opusieron al furor del mal. Con su mansedumbre, los mártires desactivaron las armas de los verdugos, venciendo al mal con el bien. Ellos son los profetas siempre actuales de la paz en la tierra.

12. Celebrar la beatificación de los primeros mártires del Perú nos compromete a la conversión del corazón. La Iglesia invita a los cristianos y a los hombres de buena voluntad –también a los perseguidores– a no temer la conversión, a no tener miedo del bien, a rechazar el mal. Dios es el Padre bueno que perdona y acoge con los brazos abiertos a sus hijos alejados por los caminos del mal y del pecado.

Todos necesitamos la conversión y estamos llamados a convertirnos a la paz, a la fraternidad, al respeto de la libertad del otro, a la serenidad en las relaciones humanas.

Así han actuado nuestros mártires, así han obrado los santos, que siguen «el camino de la conversión, el camino de la humildad, del amor, del corazón, el camino de la belleza»[22].

13. Es una invitación también a los jóvenes, llamados a vivir con fidelidad y gozo la vida cristiana. Los jóvenes audaces e intrépidos han de ir contra corriente venciendo las adversidades y todo aquello que aparta del plan de Dios. Permanezcamos unidos, siendo sus amigos, dándole cada vez más espacio en nuestra vida. Dios da fuerza a nuestra debilidad, riqueza a nuestra pobreza, conversión y perdón a nuestro pecado[23].

Este es el testimonio de los mártires. No han tenido miedo de la muerte, porque su mirada estaba proyectada hacia el cielo, hacia el gozo de la eternidad sin fin en la caridad de Dios. Si les faltó la misericordia de los hombres, estuvo presente y sobreabundante la misericordia de Dios.

Los sacerdotes mártires nos enseñan el perdón y la conversión. El perdón que da paz a los corazones y la conversión que crea fraternidad con los demás. Son los mensajeros de la vida, sean nuestros intercesores por una existencia de paz y fraternidad.

Esta es la ofrenda de nuestros mártires y el fruto que esperamos alcanzar. Invitamos a los pastores y sus comunidades, a los responsables de los institutos religiosos y movimientos eclesiales, a los docentes y directores de instituciones educativas a conocer y dar a conocer la vida de los próximos beatos para revitalizar nuestro seguimiento de Jesucristo y la misión evangelizadora que nos ha sido confiada.

Finalmente, encomendamos nuestras intenciones y proyectos pastorales a los beatos. Ellos, que amaron al Perú y dieron su vida por amor a Jesucristo y a su Pueblo, siguen intercediendo por nosotros ante Dios. Que ellos sean nuestros intercesores y alienten a nuestras comunidades en el anuncio gozoso del Evangelio.

Que su ejemplo suscite numerosas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, conceda fidelidad a nuestros matrimonios, renueve siempre en nosotros la alegría de la evangelización y la inquietud misionera de todos los miembros del Pueblo de Dios.

Agradecidos por este don de Dios para la Iglesia en el Perú, pidamos por intercesión de los próximos beatos mártires del Perú, Miguel, Zbigniew y Alessandro, que nos conceda ser fortalecidos en la fe, animados en la esperanza y consolidados en la comunidad cristiana: María, Reina de los mártires, ruega por nosotros.


ORACIÓN

Señor, Tú que ungiste con el don del sacerdocio
a tus hijos Miguel, Zbigniew y Sandro,
y los enviaste como mensajeros
de la Buena Nueva en el Perú.
Te damos gracias por haberles otorgado la palma del martirio,
y te pedimos que los glorifiques también con la corona de los santos.
Por su sangre derramada por Ti,
danos fidelidad en la fe,
haznos testigos de la esperanza,
guarda nuestras vidas
y concede a nuestra patria
el don de la paz.
A las víctimas inocentes de la violencia,
recíbelas en tu Reino
y concédeles el premio eterno.
Amén




[1] BENEDICTO XVI, Porta fidei, 13
[2] Documento de Aparecida, 275.
[3] Cf. Les chrétiens de Vienne et Lyon à leurs frères d'Asie. Lettre sur les martyrs de 177 (ed. de C. MONTDÉ- SERT y J. COMBY; Lyon 1976), 2, 3, 200-201.
[4] Martyrium Sancti Polycarpi, VI.
[5] Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae, 11.
[6] Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae, 21.
[7] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 50.
[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 2473.
[9] PAPA FRANCISCO. Homilía del 21 de abril de 2015.
[10] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum concilium, 104.
[11] Cf. BENEDICTO XVI, Porta fidei, 13.
[12] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 42.
[13] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 50.
[14] JORGE M. BERGOGLIO. PAPA FRANCISCO. Mente abierta, corazón creyente, 60.
[15] Documento de Aparecida, 396.
[16] Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae, 11.
[17] Documento de Aparecida, 141.
[18] PAPA FRANCISCO. Homilía del 21 de abril de 2015.
[19] CCXXV Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Declaración Ante la crisis, solidaridad (3 de octubre de 2012), 7.
[20] IBÍD.
[21] PAPA FRANCISCO. Angelus. 15 de septiembre de 2013.
[22] PAPA FRANCISCO. Meditación. 19 de abril de 2013.
[23] Cf. PAPA FRANCISCO. Homilía. 28 de abril de 2013.